Yadira Calvo: Cuando dos más dos son cinco

En el lenguaje se juega el poder, y el transgenerismo convenció a gobiernos y legislaciones de que el sexo era irrelevante, o inexistente o independiente de la biología.

Yadira Calvo.

“Dos más dos son cinco” era el dogma del Gran Hermano que todo lo controla, en la novela 1984, de George Orwell. Significaba que lo promulgado estaba por encima de lo verdadero. En un régimen totalitario, dos más dos son cinco y no haga más cábalas. Pero, como dice Orwell, “la libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”.

Lo de Orwell era una novela distópica, un mundo de terror totalitarista donde disentir era delito grave; pero lo más terrorífico que tiene la ciencia ficción es su poder predictivo. Prácticamente todo lo malo que anuncia, se cumple.

Durante miles de años habíamos sabido que el sexo existe, que es un mecanismo reproductivo y se le trae puesto al nacer. Sabíamos que las mujeres tienen vagina, menstrúan, pueden dar a luz y amamantar, y que esa es una condición biológica. Paralelamente sabíamos que los hombres tienen pene, pueden fecundar, no menstrúan ni pueden amamantar. Todo eso era tan evidente como que el agua corre hacia abajo y nunca llueve para arriba. Y sabíamos que esto de la binariedad sexual en el género Homo viene ocurriendo desde su aparición, hace aproximadamente dos y medio millones de años, en el Pleistoceno inferior.

En algún momento de la Historia, no se sabe cómo, cuándo, ni por qué, el pene empezó a verse y funcionar como el gran símbolo del poder.

Unos y otros le llamaron “la forja estelar donde se fragua la ciudadanía”, “el talismán triunfador”, o “el lugar donde habita la felicidad”, y cosas parecidas, todas las cuales coincidían en un punto crucial respecto del “cucurucho maravilloso” que dijera Hannelore Schütz. Ese punto era considerarlo como el gran premio que la naturaleza otorgaba a media humanidad al nacer; especie de Orden del Mérito que le daba derecho indiscutible a gobernar el mundo y dominar a las mujeres. Para esto, a ellas les atribuyeron unas ciertas condiciones que las hacían dominables: tareas que debían desempeñar, funciones que debían cumplir, formas en que debían pensar, sentir, padecer, estar y respirar. Estereotipos de género nada inofensivos.

En otro momento de la historia, este sí se sabe bien cuándo, cómo y por qué, el sexo dominado empezó, como grupo, a reclamar la parte de humanidad que le tocaba, con sus derechos correspondientes. Al costo de amenazas, burlas y descalificaciones, a partir del siglo XX, al menos en Occidente, tras siglos de exclusión las mujeres pudieron votar, obtener títulos universitarios, empleos pagados, profesiones, cierto grado de autonomía, algún escaño en los Congresos, y uno que otro puesto de poder.

El patriarcado sentía que le pateaban el hígado, porque eso parecía demostrar que la indiscutible superioridad de cualquier hombre sobre todas las mujeres no se originaba en aquellos escasos diez centímetros de carne en que el varón cifraba sus privilegios. En lugar de eso, se basaba en lo mismo que se basó la esclavitud y en lo mismo que se basó el colonialismo. Para expresarlo de la forma más simple posible, en términos aritméticos, consiste en distribuir mases y menos. El grupo dominador se auto atribuye todos los bienes morales e intelectuales, decretándole al otro una inferioridad indiscutible, porque, sobre todo, una de las mayores bazas de cualquier grupo dominador es la capacidad de decretar que dos más dos son cinco.

El feminismo siempre se solidarizó con otros grupos oprimidos como el de las personas que, hacia los años noventa, se empezaron a reconocer bajo las siglas LGB (lesbianas, gays, bisexuales) y que ha ido agregando letras con el tiempo, entre ellas la T de transgénero y transexual.  A partir del siglo XXI, la T empezó a tragarse a todas las demás iniciales, y con su gula incontenible, fue adquiriendo una fuerza capaz de modificar libros de texto, ideas, leyes y conciencias. Logró hacer creer a los países que sexo y género son la misma cosa, sustituyó al sexo (un dato biológico) por el género (una construcción cultural); transformó la identidad sexual en identidad de género y la identidad de género en una autopercepción, y la autopercepción en la única verdad. De modo que ahora tenemos mujeres con pene y hombres con vagina. Es decir, que dos y dos suman cinco.

Nada de esto es gratuito. En el lenguaje se juega el poder, y el transgenerismo convenció a gobiernos y legislaciones de que el sexo era irrelevante, o inexistente o independiente de la biología. Se asigna al buen tun tun, y muchas veces esa asignación no se corresponde con la autopercepción, que es el único criterio válido. Los gobiernos aprueban y conceden sin reparar en consecuencias.

Según cuentan Errasti y Pérez, en 2020, durante una entrevista hecha por “Good Morning Britain” a Dawn Butler, secretaria de Mujeres e Igualdad del Partido Laborista británico acerca de la posición de su partido respecto a las personas trans, cuando el entrevistador está diciendo: “Al nacer, a un bebé se le identifica y se le obser…”, la entonces “ministra en la sombra” le interrumpe y dice: “Los bebés nacen sin sexo”. ¿Por qué se puede afirmar esta ficción con tanto descaro? Porque hay mucho poder y mucho dinero tras el negocio. Pero el hecho es que el sexo es tan innegable, que incluso se puede reconocer en restos humanos prehistóricos, mediante el análisis de la proteína del esmalte dental. Y eso por sí mismo está empezando a enderezar los sesgos sexistas de la arqueología.

Los autores antes citados nos han hecho una pequeña lista de algunas de las definiciones incluidas en la guía Sexo más seguro para cuerpos trans, de 2017, donde podemos leer, por ejemplo, que todas las personas de todos los géneros pueden tener pene; donde se aclara textualmente que utilizan la palabra “vagina” para referirse a los genitales de las mujeres trans que han sido sometidas a cirugía inferior”, y la expresión “orificio delantero” para referirse a los genitales internos, a veces denominados vagina”. ¿A veces? ¿Leí bien? Pues sí. Lo que siempre fue, porque fue SIEMPRE, se convirtió en “a veces”. Y el nombre de eso que era, pasó a denominar un resultado quirúrgico, de modo que ahora solo las mujeres trans tienen un órgano propiamente femenino, aunque solo sea porque se lo han mandado a fabricar.

Ellas son tan mujeres como las mujeres, e incluso estas definiciones buscan hacernos creer que lo son más. Y como el movimiento trans resultó ser tan poderoso y patriarcal, pueden ocupar absolutamente cualquier espacio femenino, incluidos los concursos de belleza.  No hace mucho pudimos ver a Ángela Ponce (antes Ángel Mario), dando golpes de pestaña en las pasarelas españolas, como cualquier Miss convenientemente adiestrada, aunque cuando sobrepase los 50, se tenga que hacer el examen de próstata. Pero lo más grave es que pueden llenar las cuotas políticas y laborales reservadas a mujeres, competir con ventaja en deportes femeninos y compartir las cárceles sin haberse sometido a ninguna cirugía ni tratamiento hormonal. Hasta han logrado que les beneficien algunas de las leyes internacionales hechas expresamente para proteger de los abusos patriarcales a los seres que habían nacido con genitales femeninos y como resultado, compartir sus cárceles y baños públicos sin haberse sometido siquiera a ninguna cirugía o tratamiento hormonal.

Por ejemplo, La Corte IDH (Corte Interamericana de Derechos Humanos), ante la opinión consultiva OC 24/17 de 24 de noviembre de 2017 del Estado de Costa Rica, (también conocida como Opinión Consultiva sobre identidad de género e igualdad y no discriminación a parejas del mismo sexo), hizo un pronunciamiento mediante el cual se interpretó el alcance de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José). En consecuencia, determinó la posibilidad de los Estados de establecer los trámites o procedimientos para el cambio de nombre, adecuación de la imagen y rectificación de la referencia al sexo o género, en los registros y en los documentos de identidad para que se ajusten a “la identidad de género autopercibida”. Esto sin exigir requisitos como “certificaciones médicas y/o psicológicas u otros que puedan resultar irrazonables o patologizantes”, ni “acreditación de operaciones quirúrgicas y/o hormonales”. De modo que lo de las mujeres con pene se convirtió en ley internacional. Usted podría entrar a un baño de señoras y encontrarse a alguna que orina de pie.

El 26 de marzo de 2021, en la sentencia del caso de Vicky Hernández y otras contra Honduras, la CorteIDH suscribió en todos sus términos lo afirmado en 2017. Entonces, la jueza Elizabeth Odio, antes conforme con las nuevas disposiciones, emitió un voto parcialmente disidente, insistiendo en la “necesaria distinción entre sexo y género, y “la grave confusión que ha introducido en la discusión académica y política la errónea equiparación de ‘identidad de género’ con sexo”. A su juicio, “sería imposible para el Estado cumplir con ambas obligaciones simultáneamente”. Ella señala que no son iguales “las dinámicas de la violencia histórica y permanente contra la mujer por ser mujer (la que originó la Convención de Belém do Pará) y la violencia que sufren otros grupos (travestis, intersexuales y personas trans”.

A pesar de que la jueza Odio es una personalidad muy respetada en el país y fuera de él, no mucho después salió un video de chacota con muchas carcajadas fingidas, chorros de humo y expresiones de consternación en el que un periodista y una abogada trans comentan el voto de la magistrada: “El argumento de que las personas LGTB somos violadoras en potencia no es nuevo y tampoco para otros grupos discriminados”; dice ella. “Quieren borrar lo evidente -dice él en son de burla-. Solamente hay dos sexos que se determinan a partir de lo que nos cuelga entre las patas” (Por aquí nos enteramos de que los hombres tienen patas). Y al final afirma también textualmente la abogada, que la jueza Odio “no sólo se contradijo, sino que dijo un montón de cosas súper transfóbicas sin evidencia científica, contradiciendo la misma Convención Americana”.

No vamos a referirnos al “montón de cosas” que según el video dijo Odio, porque usted puede leer y escudriñar su voto de disenso. Si las encuentra, ¡Eureka! Pero aparte de la falsa acusación, aquí se revela algo más peligroso, y es que al parecer lo único que el movimiento trans acepta como “evidencia científica”, es lo que cada persona trans perciba.

Observar los números nos permite ver la inequidad de que se privilegie, sobre nuestros derechos, los del grupo trans. Según sabemos, ese grupo conforma apenas una media del 4% ciento de la población mundial. Eso significa que los que se auto perciben mujeres constituyen como mucho un 0.25% de la totalidad. No obstante, han llegado a usufructuar, en unos pocos años, lo que a la mitad de la población mundial le ha costado siglos conseguir. De paso, se ha incrustado en las leyes que protegían a las mujeres de los abusos resultantes de la dominación masculina. Es obvio que las feministas empezaron a sentir pasos de animal grande al ver que sus conquistas se están yendo por el desagüe trans. El poder de siempre puede tener mucho interés en que eso siga así, y para que siga así, es muy importante silenciarlas. Las que no están dispuestas a callar, se exponen a insultos, injurias y represalias.

A Laura Favaro la despidieron de la City University de Londres, cuando cuestionó la identidad de género en sus trabajos de investigación; Maya Forstater perdió su empleo por decir, en su cuenta de Twiter, que hasta hace muy poco casi todo el mundo entendía que los hombres y los niños son hombres y las mujeres y las niñas son mujeres. J. K. Rowling, solidarizándose con ella, escribió: “Vístete como te plazca, llámate como te guste, duerme con cualquier persona adulta que te lo consienta, vive tu mejor vida en paz y seguridad. ¿Pero obligar a las mujeres a dejar sus trabajos por afirmar que el sexo es real?”. Esto la enfrentó a una reacción violenta, igual que cuando, al leer un texto sobre cómo sería el futuro post Covid para “las personas que menstrúan”, escribió: “Estoy segura de que existía un término para esas personas”. La acusaron de puta, bruja y feminazi terf (Trans-Exclusionary Radical Feminist), y se redujeron sustancialmente las ventas de su Harry Potter. “Los tiempos cambian. -escribió ella- El odio hacia las mujeres es eterno”. (Por cierto, figurar como JK en sustitución de Joanne Kathleen, su nombre de pila, fue un requerimiento de sus editores, a cuyo juicio, a los niños varones podría no interesarles una novela escrita por una mujer).

La editorial Siglo XXI no presentó en la Feria del libro de Guadalajara (FIL) de 2022 el libro de Laura Lecuona Cuando lo trans no es transgresor, debido a las amenazas de asistir al lanzamiento con bates y con clavos, quemar los libros en el stand e incluso de matarla. La palabra “transfobia” ha venido a significar hoy lo que “bruja” o “hereje” en la Edad Media, y bajo esa etiqueta, las editoriales pueden suspender la publicación de un libro, como le ocurrió a la colombiana Carolina Sanin.

El 24 de marzo de 2022, la reconocida abogada costarricense Alda Facio participó, junto con Marcela Lagarde, Amelia Valcárcel, Andrea Medina, Aimée Vega Montiel y Angélica de la Peña, en un foro de la UNAM titulado “Aclaraciones necesarias sobre las categorías sexo y género”, donde cada una trató, desde su disciplina, el tema propuesto. Pero es que de eso no se puede hablar. Según testimonio oral de Alda, unos transgeneristas propusieron quemar libros de Lagarde y atacaron físicamente a algunas de las participantes. Ella misma empezó a recibir por Facebook amenazas de muerte. Poco después le cancelaron un contrato con una dependencia del gobierno mexicano, y le cerraron unos talleres sobre la CEDAW que impartía en una ONG.

He visto a un señor que se considera perro, se hace llamar Toby, y asegura que al nacer se le asignó no solo el sexo masculino sino también la especie humana, aunque en realidad, afirma, “no me siento y ni me percibo ni identifico” con ella. Cuando el entrevistador le declara que a él le es imposible soslayar la evidencia de su naturaleza humana e incluso viril, Toby lo acusa de estar siendo violento, tener una cabeza conservadora, y no permitirse “pensar fuera de la caja”. O sea, que si en estos raros tiempos que corren, a usted alguien le dice que se considera perro, debe darle un hueso y confiar en que lleva collar antipulgas. Lo contrario infringe el dogma. Claro que, al  menos hasta el momento, los trans-especie no representan más problema que el de pedirnos que les tratemos como lo que se creen, pero el transgénero sí supone muchas exigencias que amenazan los derechos de las mujeres.

Si se hubiera sabido a tiempo que el sexo era asignable, el genio de Fanny Mendelssonhn y de María Walburga Mozart hoy serían tan reconocidos como el de sus hermanos, Felix y Amadeus y sus familias habrían ganado mucho más, porque es más rentable tener dos genios que uno solo en la familia. Alma Mahler hoy sería tan grande como su marido Gustav; Carmen Baroja Nessi podría haber destacado tanto como su hermano Pío; Gregorio Martínez Sierra no se habría apropiado de las obras de su esposa María Lejárraga, y en fin la cultura pudo haberse beneficiado de las contribuciones de pintoras, compositoras, escritoras, intelectuales, juristas, médicas, políticas y artistas que no lograron pasar de la puerta de la cocina. Esto pudo haberse evitado con solo asignarles sexo masculino no más dar el primer lloro.

Eso por una parte. Por otra, piense solo en todos los afanes y desgracias que la humanidad se habría ahorrado si ese nuevo saber trans hubiera llegado a tiempo a las monarquías. ¡Lo fácil que lo hubieran tenido las reinas para sobrevivir a la empresa de darle un heredero al trono! La corte española, por ejemplo, no habría tenido que enviar a sus sirvientes, canasta en mano, antes de cada parto regio, a recoger por las iglesias de Madrid el báculo de santo Domingo de Silos, tres espinas de la corona de Cristo, alguna astillita de la Santa Cruz, un diente de San Pedro, un trozo del manto de la Magdalena, una pluma del ala del Arcángel San Gabriel….

María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, no habría tenido que pasar por 23 embarazos y la pérdida de todos sus dientes, el costo de darle continuidad varonil a la dinastía. Al final, o más bien al principio, el país entero consideró que había valido la pena. Aunque en realidad luego vio que más bien había sido una pena, porque el heredero fue Fernando VII,  el Felón.

Si entonces se hubiera conocido la buena nueva de que el sexo se asigna, con declarar varones a todas las criaturas que parió la reina, se hubiera dispuesto de sucesores para dar y tomar. Y aun más, resulta que Fernando, solo pudo engendrar a una hija, y como quería perpetuar sus propios genes en el trono, desempolvó una Pragmática de la que nadie se acordaba, según la cual, ante la falta de un varón descendiente por línea directa, una mujer podía reinar por derecho de herencia. Entonces, otro hermano de Fernando, Carlos María Isidro, sintiendo vulnerados sus propios derechos, reclamó la prioridad de los 10 centímetros, desencadenando  las llamadas guerras carlistas que azotaron  al país durante buena parte del siglo XIX. La verdad es que se habrían  evitado muchas desgracias si se le hubiera podido asignar a Isabel el sexo que siempre ha gobernado el mundo.

Pero hasta no hace mucho, nadie sospechaba la nueva verdad, con todas las consecuencias negativas que de ahí se siguen para los derechos de las mujeres a los que sin duda seguirán golpeando mientras este mundo, hipnotizado y delirante, siga repitiendo, con el movimiento trans, que dos más dos son cinco.

San José, 12 de agosto, 2023

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