Yadira Calvo.

Una biblioteca es […] una voz contra la ignorancia; una luz perenne contra la oscuridad. Federico García Lorca

Un día de septiembre de 1931, Federico García Lorca fue invitado a dar una conferencia en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, su pueblo natal, en Granada. Allí dijo que si él “tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro”, porque sentía más lástima de alguien que quiere saber y no puede, que de una persona hambrienta. Luego contó cómo Dostoyevski, prisionero en Siberia, escribía a su familia pidiéndole que le enviara libros: “muchos libros -les rogaba- para que mi alma no muera”, lo que a juicio de Lorca, era pedir “escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón”.

En la citada conferencia, el poeta granadino hace una síntesis de la prodigiosa historia del libro, de la que se puede sospechar que bebió con holgura Irene Vallejos para su hermoso ensayo El infinito en un junco. Lorca nos cuenta, con brillantez y goce, cómo, las primeras civilizaciones “hicieron libros de piedra”, o sea que trazaron signos en montañas y rocas; luego emplearon metales: en láminas de plomo se plasmaron los versos de Hesíodo; en ladrillo escribieron los pueblos asirios y caldeos; en papiros enrollables, los egipcios, que prohibieron exportarlos, por lo que en Pérgamo se les ocurrió escribir sobre pieles de animales, y así surgió el pergamino. El poeta andaluz se pregunta quiénes hicieron esto, y se contesta: “No es un hombre ni cien hombres. Es la humanidad entera la que les empujaba misteriosamente por detrás”.

Más tarde en Occidente se propagó el papel, que el mundo chino usaba ya desde tiempo atrás, fabricado de arroz. Y este acontecimiento fue una gracia que llegó con la desgracia de la guerra el 7 de julio del año 751, cuando los árabes traspasaron las fronteras del Celeste Imperio. Entre los muchos prisioneros que les tomaron, algunos sabían el secreto de su fabricación. Llevados a Samarkanda los prisioneros chinos, ejercieron allí el viejo y valioso oficio bajo el reinado de Harun al-Rachid, aquel al que la sagaz Sherezade le contó historias durante mil y una noches para que no la matara. Porque el califa de los cuentos se casaba cada día y enviudaba cada mañana: tras la noche de bodas mandaba decapitar a su esposa. Ella urdió una estrategia para conservar la vida: contarle cada noche una historia que se imbricaba con otra. El único modo de saber el final, era esperarse al comienzo de la próxima. Y así pasaron mil y una noches, tras las cuales Harun decidió no cortarle la cabeza. Es lo que tiene la literatura, y es por lo que Dovstoyevski desterrado no pedía que le mandaran ropa ni comida sino libros, porque los libros ayudan a vivir.

Como para entonces el papel se hacía de algodón, que escaseaba, y la necesidad agudiza el ingenio, en los países árabes se les ocurrió hacerlo de trapos viejos y así contribuyeron con la aparición del papel actual y con el reciclaje. No obstante, durante todo ese tiempo, los libros, que se escribían a mano, eran artículos de lujo. Pocas personas tenían acceso a ellos, no solo por lo costoso, sino porque la mayoría de la gente no sabía leer.

Luego resultó que en el siglo XV, en Maguncia, Alemania, a un orfebre llamado Johannes Gutemberg se le ocurrió fundir en plomo las letras y estamparlas. Así surgió la imprenta, y este es -al decir de Lorca- “el gran momento del mundo”, uno de los hechos más cruciales de la historia porque provocó “una revolución en las almas”. Se les llamó “incunables” a estos primeros libros modernos, impresos, casi siempre en papel de trapo, en letras góticas, y hoy son tesoros intocables custodiados en unas pocas bibliotecas del mundo.

Luego, en la casa de un editor llamado Cristóbal Plantino en Amberes, se urdió “una gran ofensiva contra la ignorancia” produciendo libros baratos, ante la mirada despectiva de ricos y poderosos, que los coleccionaban como hoy coleccionan Mercedes Benz o BMW. Con el paso del tiempo, el libro se fue embelleciendo y perfeccionado, hasta que en el siglo XVIII ya aparecían obras “llenas de grabados y aguafuertes”, editadas “con un cuidado y un amor tan grandes”, que aun en el siglo XX no se había logrado superar. Y entonces, afirma Lorca, aquel dejó de ser un objeto de cultura de unos pocos para convertirse en “un tremendo factor social”.

Cierto que, aunque él no lo dice, para las mujeres el libro siguió siendo un objeto anhelado y lejano. El analfabetismo y la dependencia eran fenómenos predominantemente femeninos, y el dinero y la libertad, fenómenos predominante masculinos. Las grandes bibliotecas de las casas poderosas, pertenecían al señor. De la señora y las hijas no se esperaba que leyeran: ellas bordaban y tejían, o al menos eso se les mandaba a hacer, y los hombres veían con ojos picudos a las que buscaban conocer los mundos encerrados entre cubiertas de cartón o cuero: les limitaban las lecturas, se las censuraban, las vigilaban; y alegaban que ni por su capacidad intelectual ni por su función social necesitaban de otros textos que no fueran de oraciones, si es que en verdad los necesitaban. Según dice Inés Alberdi, “hasta muy entrado el siglo XIX la mayoría de las mujeres no tenían los medios para adquirir libros ni el tiempo libre necesario para leerlos”. Su educación se limitaba a agujas, hilos, tijeras, recetas y vajillas. Como dijo una señora de la época, cuyo nombre no recuerdo, “una mujer debe ocultar su inteligencia como se oculta una joroba o una cojera”.

En realidad, lo que temían sus vigilantes es que se les salieran de la olla, porque desde Sócrates se da por hecho que el saber nos hace libres; y porque, razonarían los patriarcas, si las mujeres estudian y se cultivan como los hombres, ¿quiénes nos van a servir la cena, y a lavar los platos? Pero por muchos obstáculos que les pusieran, nuestras abuelas empezaron a perder el miedo a mostrarse inteligentes y a levantar la voz. Se gastaron los nudillos llamando a las puertas, para ellas cerradas, de colegios y universidades, hasta que lograron romper sus goznes, y ya no hubo vuelta atrás. Así llegamos hasta aquí. Y así se multiplicó exponencialmente la gran ofensiva contra la ignorancia. Accedieron al “libro”, esa que a juicio de Lorca es una “palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”. Porque “el libro es, sin disputa -dice él-, la obra mayor de la humanidad”.

Cuando en Costa Rica, en 1888, cierra sus puertas la Universidad de Santo Tomás, su biblioteca, compuesta por menos de cuatro mil volúmenes, pasa a llamarse Biblioteca Nacional, y con ese enorme nombre adquiere el deber de “recopilar, conservar y difundir el patrimonio documental costarricense”. Como ese era un gran peso, se la dotó, para que pudiera soportarlo, de un imponente edificio en la esquina entre la avenida 1 y la calle 5, del que hoy solo quedan el zócalo y una grada. En 1960, cuando, estudiante de la Escuela Normal, empecé a visitar aquel lugar, entrar allí era poner el pie en un lugar sagrado, tal vez porque, como dice Walter Antillón, “si bien se mira los libros no son, en su esencia, otra cosa que aquellos mismos seres humanos denodados y valerosos que nos dejaron lo mejor que tenían, lo menos perecedero de sus efímeras existencias”.

Por aquel entonces yo no sabía esta larga historia que comenzó, probablemente cuando manos humanas empezaron a pintar jabalíes, caballos, bisontes y venados en el fondo de las cuevas; porque, el arte rupestre era, según consenso, un sistema de comunicación y de expresión: el embrión de la escritura.  Las más antiguas muestras hasta ahora conocidas se hicieron hace aproximadamente 45.500 años en las paredes de la cueva de Leang Tedongnge, en la isla de Célebes, Indonesia. Pero hay muchas más, diseminadas por el mundo, y tenemos en Costa Rica, ya que no cavernas, petroglifos que dejaron los pueblos indígenas en 582 sitios arqueológicos localizados: monos, tortugas, culebras, venados… círculos, líneas, espirales, volutas…Perdimos el código de interpretación, si es que lo hubo, pero nos siguen trasmitiendo las habilidades e inquietudes de las culturas que nos precedieron, como mensajes ocultos en una botella. Piedra escrita, piedra con significado, protoescritura. Por eso, una biblioteca, mucho más que una colección de libros, es una historia del pensamiento, del sentimiento y de la fantasía. Llegamos a ella, miles de años después de haber llegado a la pared de roca y a la piedra, porque fueron piedra y roca las primeras páginas donde leyó la humanidad.

Por los tiempos en que yo empecé a visitar la Biblioteca Nacional ni me preguntaba ni me cuestionaba cómo habíamos llegado hasta allí. Lo que sabía, sin duda alguna, era que el libro, para mí, representaba un viaje, una visita a tierras, casas, épocas y vidas ajenas a la mía; que me permitía soñar, pensar, sentir con otras gentes y otros mundos. Por eso empecé a invertir en novelas parte de lo que mi padre me daba para comer, y pasaba hambre con gusto porque sabía que al cabo de unas pocas semanas tendría, en un estante de mi cuarto, a D’Artagnan, o a Heathcliff, o a Jean Valjean, o Elizabeth Bennet, o cualquier habitante de mundos de ficción;  porque Dumas o las hermanas Brontë, o Victor Hugo, o Jane Austen, eran entonces, para mí, los sinónimos de la palabra “Literatura”. Después, según pasaba el tiempo, fui restando algunos y sumando muchos más sinónimos a aquella fascinante palabra. Y ahí es donde concuerdo, con Lorca, en que decir “libros” es un equivalente de decir amor. Y es también ahí donde encuentro que lo de “medio pan y un libro”, representa cabalmente una parte de mi historia personal.