Luis Paulino Vargas Solís, Economista.
Era ya avanzado el año 2017. El buen amigo y colega Greivin Hernández, que por entonces ejercía de director de la Escuela de Economía de la UNA, me pidió que impartiera un curso de macroeconomía en la maestría. Para mí, aquello significaba una bonita oportunidad para regresar a una Escuela por la que siempre he guardado mucho cariño, en la que di clases regularmente entre 1985 y 1995, pero a la que nunca pude regresar después de eso, no obstante que reiteradamente lo intenté.
El grupo era heterogéneo. Incluía algunas personas cuya formación básica era en economía, pero la mayoría provenían de otras disciplinas, incluso ingenierías.
En la primera clase, y como para ir tomando confianza, les pedí que me explicaran que era economía. Hubo una respuesta que se reiteró y que me sorprendió mucho: “la economía es una ciencia exacta”. Y lo dijo, incluso, un muchacho que me había indicado ser graduado de economía.
Ahí encontré un interesante punto de partida: hube de aclararles que la economía es solamente una humilde ciencia social, inevitablemente sujeta a las implacables rigores y complejidades de las sociedades humanas, y apenas pobremente dotada de una muy limitada capacidad predictiva. Es que lo propio y característico de lo humano es la creatividad y la imprevisibilidad, lo que hace especialmente arduo la tarea que intentan hacer las ciencias sociales.
Resulta, entonces, necesario recordar la definición canónica que se enseña en los cursos introductorios de economía, y cuya autoría es atribuida al economista inglés Lionel Robbins: “la economía estudia la asignación de recursos escasos entre usos alternativos con el fin de satisfacer necesidades infinitas”.
Esto último sugiere que la economía es más bien como una especie de ejercicio ingenieril, ocupada de resolver problemas técnicos. Así definida, la economía poco tendría que ver con la convivencia humana en sociedad y, en particular, vendría a ser un “algo” despolitizado, del cual están ausentes el conflicto y las relaciones de poder.
Esta concepción de la economía se remonta a la llamada “revolución marginalista” del decenio de 1870 (en otra oportunidad conversaremos sobre eso). Desaparece entonces el concepto de “economía política” -propio de los economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo, del cual es heredero Carlos Marx- y su sustitución por el término, presuntamente neutral, de “teoría económica”. Súmese a lo anterior la tendencia tan fuerte a expresar la teoría mediante sofisticadas abstracciones matemáticas.
Y no es que el uso de las matemáticas esté necesariamente mal. A veces, pueden ser de alguna utilidad, para precisar hipótesis o relaciones significativas. El problema es hacer de las matemáticas un fin en sí mismo, con lo que, al cabo, se termina con modelos, irrelevantes desde el punto de vista económico, aunque sofisticados en su expresión matemática.
Todo lo anterior nos ayuda a comprender la confusión de estudiantes de maestría diciendo un disparate tal, como que la economía es “una ciencia exacta”.
La ciencia, bien lo sabemos, es el esfuerzo por comprender la realidad en forma rigurosa y sistemática, por medio de enunciados teóricos siempre provisionales y perpetuamente sujetos a contrastación empírica. Desde ese punto de vista, la teoría económica dominante -llamada teoría neoclásica- es cualquier cosa, pero no una ciencia:
- Primero, porque sus modelos -devenidos pura y arbitraria abstracción- nada tiene que ver con la realidad, y, por lo tanto, en nada la explican.
- Segundo, porque no solo es reacia, sino incluso es inmune, a la contrastación empírica.
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