Las urnas de Estados Unidos y de Brasil devuelven una razón para confiar en la capacidad ciudadana de cambiar el rumbo. En nuestro país, las fuerzas democráticas pueden empezar por construir acuerdos que sobrevivan a sus diferencias partidarias.

El 3 de noviembre, a mitad del segundo mandato de Donald Trump, los estadounidenses cambiaron el equilibrio del poder en Washington. Según las proyecciones de la agencia Associated Press, el Partido Republicano perdió el control del Senado y de la Cámara de Representantes. El avance demócrata llegó incluso a estados que Trump había ganado con holgura hace apenas dos años, como Ohio, Iowa, Kansas y Texas. Las encuestas a boca de urna explican buena parte del resultado: la mayoría de los votantes consideró decisivo el costo de la vida y calificó de error la acción militar contra Irán. El electorado volvió a poner sus preocupaciones cotidianas en el centro de la política.
A partir de enero, las nuevas mayorías podrán fiscalizar al Ejecutivo y disputarle sus prioridades presupuestarias, y el Senado podrá frenar nombramientos presidenciales. Es el contrapeso que el sistema estadounidense reserva para estos momentos. Pero un Congreso y una Casa Blanca en manos de partidos distintos también entrañan el riesgo de la parálisis. Para los demócratas, la prueba será convertir el voto de castigo en respuestas al encarecimiento de la vida antes de que el país vuelva a las urnas en 2028. Un voto de rechazo todavía no es un mandato.
Lo ocurrido en Estados Unidos no es un hecho aislado. La imagen del péndulo político ayuda a entender cómo se desplazan las mayorías, y hoy cabe preguntarse si empieza otro movimiento. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido con el 51,79 % de los votos válidos frente a Flávio Bolsonaro, en una campaña marcada por los aranceles estadounidenses y las denuncias de injerencia desde Washington. En Hungría, Viktor Orbán perdió el poder tras dieciséis años. Son electorados y circunstancias distintos, pero sus decisiones muestran que fuerzas que parecían dominar la agenda pueden perder terreno con rapidez.
Para Costa Rica, el giro en Washington deja al descubierto el costo de identificar nuestra política exterior con la de un presidente estadounidense. La cercanía con Trump no impidió que su administración impusiera aranceles a productos costarricenses pese al tratado de libre comercio. En octubre, Costa Rica rompió una tradición de más de tres décadas y votó por primera vez en la ONU contra la resolución que pide levantar el embargo estadounidense a Cuba. Ante la ocupación israelí y el sufrimiento de la población civil en Gaza, la cautela de nuestra diplomacia también merece examen.
Un país sin ejército ha encontrado siempre su fuerza en el derecho internacional, en la neutralidad y en la coherencia de sus principios. Esa autonomía no se presta al aliado de turno, porque los gobiernos pasan y los intereses de la nación permanecen. La pregunta es inevitable: ¿qué ha ganado Costa Rica al ceder margen para defender sus intereses comerciales y sostener sus principios en el escenario internacional?
Las urnas de Estados Unidos y de Brasil devuelven una razón para confiar en la capacidad ciudadana de cambiar el rumbo. En nuestro país, las fuerzas democráticas pueden empezar por construir acuerdos que sobrevivan a sus diferencias partidarias. Defender la independencia judicial, fortalecer la educación y la salud públicas y ofrecer respuestas al costo de la vida son bases para una alternativa de gobierno. La unidad tendrá sentido si permite llevar al Poder Ejecutivo un gobierno que represente al pueblo y haga del Estado social de derecho una realidad en la vida cotidiana.
El péndulo cambia de rumbo para Trump
El 3 de noviembre, a mitad del segundo mandato de Donald Trump, los estadounidenses cambiaron el equilibrio de poder en Washington. El Partido Republicano perdió el control del Senado y de la Cámara de Representantes. El avance demócrata alcanzó incluso a estados que Trump había ganado con holgura dos años atrás. El costo de la vida y el rechazo a la guerra con Irán pesaron en un electorado que volvió a poner sus preocupaciones cotidianas en el centro de la política.
A partir de enero, las nuevas mayorías podrán fiscalizar al Ejecutivo y disputar sus prioridades presupuestarias. El Senado podrá frenar nombramientos presidenciales. La perspectiva de un Congreso y una Casa Blanca en manos de partidos distintos también entraña el riesgo de parálisis. Para los demócratas, la prueba será convertir el voto de castigo en respuestas al encarecimiento de la vida, antes de que el país vuelva a las urnas en 2028.
En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido con el 51,79 % de los votos válidos frente a Flávio Bolsonaro, candidato de la extrema derecha. Bolsonaro había encabezado la primera vuelta y una de las últimas encuestas registraba un empate. La campaña estuvo marcada por aranceles estadounidenses y denuncias de injerencia desde Washington. En ese clima, el electorado brasileño revirtió en las urnas el resultado de la primera vuelta.
En un editorial anterior de La Revista CR recurrimos a la imagen del péndulo político para entender cómo se desplazan las mayorías. Hoy cabe preguntarse si empieza otro movimiento. En Europa, la derrota de Viktor Orbán en Hungría, tras dieciséis años en el poder, ofrece otra señal. Son electorados y circunstancias distintos, pero sus decisiones muestran que fuerzas que parecían dominar la agenda pueden perder terreno con rapidez.
Para Costa Rica, el giro en Washington pone en evidencia el costo de identificar nuestra política exterior con la de un presidente estadounidense. La cercanía con Trump no impidió que su administración impusiera aranceles a productos costarricenses pese al tratado de libre comercio. En octubre, Costa Rica votó por primera vez en la ONU contra la resolución que pide levantar el embargo estadounidense a Cuba. Ante la ocupación israelí y el sufrimiento civil en Gaza, la cautela de nuestra diplomacia también merece examen. ¿Qué ha ganado el país al ceder margen para defender sus intereses comerciales y sostener sus principios en el ámbito internacional?
Las urnas de Estados Unidos y Brasil devuelven una razón para confiar en la capacidad ciudadana de cambiar el rumbo. En Costa Rica, las fuerzas democráticas pueden empezar por construir acuerdos que sobrevivan a sus diferencias partidarias. Defender la independencia judicial, fortalecer la educación y la salud públicas y ofrecer respuestas al costo de la vida son bases para una alternativa de gobierno. La unidad tendrá sentido si permite llevar al Poder Ejecutivo un gobierno que represente al pueblo y haga del Estado social de derecho una realidad en la vida cotidiana.


