Escribo esto para mis hijos, que lo conocieron como abuelo, para que conozcan también al hombre que fue.

Francisco Javier Flores Zúñiga. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales

Hoy, 30 de octubre, mi padre cumpliría 94 años. Nueve años después de su partida, quiero recordarlo con gratitud y no con nostalgia, porque buena parte de lo que soy se lo debo a él.

Nació en La Paz, Bolivia, en 1932. Su padre fue Adolfo Flores Suárez Arana, parlamentario cruceño de una familia de médicos y políticos. Su madre, Frida Elena Von Kommert, había llegado a Bolivia con su familia después de la Primera Guerra Mundial. Era el único varón entre cuatro hermanas, y la historia no le permitió elegir su destino. La derrota del Chaco quebró a su familia y el Colegio Militar se volvió su camino. Con 18 años ya era cadete. En 1951 compitió con el equipo hípico boliviano en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires, y como teniente de caballería fue escolta del presidente Hugo Ballivián. La Revolución de 1952 lo encontró, con 19 años, del lado del gobierno depuesto. Conoció la cárcel y la condena, y con 20 años salió de Bolivia en un vuelo nocturno hacia los Estados Unidos. Allí vivió dos años como emigrante sin papeles, hasta que en 1954 lo expulsaron a México. En México estudió, trabajó y conoció a Margarita Zúñiga Raposo, una joven herediana de 18 años que estudiaba periodismo en la UNAM. Él la llamó siempre Maruja, y con ella decidió empezar de nuevo.

En 1957 llegó a Heredia con 25 años y una sola convicción: trabajar toda la vida. Lo cumplió. En el ICE fue técnico y trabajó en la proveeduría de materiales. Caminaba hasta su trabajo por la línea del tren a San José.   Su trabajo lo llevo a Cachi, Río Macho y por los caminos de la electrificación de Guanacaste. En esos primeros años fue también un apicultor dedicado, y esa paciencia con las colmenas decía mucho de él. Todavía recuerdo la camioneta amarilla del Instituto en nuestro garaje y el respeto con que lo trataban los trabajadores y los campesinos de las zonas rurales. En 1967 se hizo costarricense por decisión propia, y llegó a querer a este país más que al suyo.

Era un orador elegante, un organizador nato y un hombre que no pasaba inadvertido. Dirigió la Legión de María, fundó el primer club de escultismo de Heredia y convirtió nuestra casa en sede de una causa política. También rompió costumbres: paseaba a sus hijos recién nacidos en su cochecito, en una época en que eso se tenía por cosa de mujeres. Como Gerente de Personal en la fábrica de pilas de Belén entrenó al equipo de fútbol, sirvió a la comunidad y buscó el equilibrio entre trabajadores y patronos. Después dedicó muchos años a la capacitación campesina en el ITCO, a la promoción comunal en DINADECO y a la formación cooperativa. Tenía una sensibilidad social profunda. Aquel hijo de parlamentarios entendía mejor que nadie a la gente humilde, y a ella le dedicó su trabajo.

Era también un declamador excepcional. Los poemas de Rafael de León tenían en su voz una fuerza especial, y su mejor interpretación fue siempre «Profecía». Él y mamá eran el alma de las veladas con familia y amigos: ella cantaba a Edith Piaf en francés, la lengua de su infancia, y él declamaba como ninguno. De ellos aprendimos, desde muy niños, a cantar y a declamar.

Nuestra casa era una escuela. Juntos, mis padres nos inculcaron una fe religiosa fervorosa. Desde pequeños aprendimos a cocinar, limpiar, planchar y ordenar, porque la vida doméstica se planificaba entre todos, y esos aprendizajes nos marcaron para siempre. Papá revisaba nuestras notas como si de ellas dependiera nuestro futuro, y en buena medida así era. No todos logramos estar a la altura de sus exigencias, pero algunos de mis hermanos lo lograron con creces. Las travesuras, que no fueron pocas, se pagaban aprendiendo versos de Martí. Pero papá también sabía jugar. Nos enseñó juegos que reunían a todos los hermanos y nos enseñó a andar en bicicleta. Con él, la aventura y los paseos en familia eran parte normal de la vida. En el marco de la puerta colgaban dos rótulos. El primero decía: «A la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa». El segundo, más grande, decía: «Señor, ayúdame a salir del montón de los anónimos». Esos dos rótulos resumen buena parte de lo que fue y de lo que quiso para nosotros.

No tuvo una vida fácil, y tampoco nos la hizo fácil siempre. Hubo caídas y mudanzas, una pensión de un solo cuarto y noches en que yo, todavía niño, cobraba el pasaje en la buseta que él manejaba. Nunca sentí vergüenza, porque como trabajador era irreprochable. Con él aprendimos a enfrentar la incertidumbre como un equipo.

Le agradezco la disciplina, la exigencia con nuestros estudios, la pasión por lo público, la palabra bien dicha y el respeto a la mujer como norma de vida. Le agradezco también la certeza de que la dignidad no depende de lo que se posee. Le agradezco sesenta años de devoción hacia mi madre y el cuidado con que acompañó a sus siete hijos costarricenses, su única familia. Celebró los logros de cada uno como propios. Los de mi hermano Juan Carlos, el más conocido de la familia, le dieron especial orgullo. Aun así, nunca tuvo un hijo preferido: fue justo en la manera de valorar a cada uno.

Fue además un abuelo dedicado y amoroso. Siempre estaba dispuesto a ayudar y a cuidar a sus nietos, y los quiso con pasión y bondad.

En 1998 perdió a mi hermano Víctor Raúl. Durante un año lo había acompañado personalmente en el hospital de Essen, en Alemania, cuidándolo con esmero en su lucha contra la leucemia. Aquella muerte le partió el alma en dos, y una parte de él no volvió a ser la misma.

Cargó con un pasado que pocas veces nombró y con heridas que no siempre supo sanar. Sembró sin haber podido ver toda la cosecha. Hoy sus hijos y sus nietos somos esa cosecha.

Gracias, papá.

Escribo esto para mis hijos, que lo conocieron como abuelo, para que conozcan también al hombre que fue.

Francisco Javier Flores Zúñiga

Por Francisco Javier Flores Zúñiga

Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional. Ex Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional