La movilidad que tuvieron los abuelos ya no está al alcance de los nietos. Acá podría canalizar el malestar para formar un movimiento político -con fisuras, paradojas y contradicciones- con el objetivo de instaurar todo el programa neoliberal, pero sin decirlo.

Miguel Gutiérrez Saxe. Economista y analista de política pública costarricense

Permítanme apartarme de exponer a partir de la evidencia detallada y más bien intentar unir algunos puntos; solo digo que no me son ajenas la multicausalidad y la complejidad de cada sociedad. ¿Me acompañan en esta?

Las protestas juveniles que recorren el mundo se presentan como algo nuevo: una generación digital, nacida con la crisis de 2008 y criada en la pandemia, que de pronto sale a la calle. Lo nuevo, sin embargo, es menos de lo que parece. Lo que estamos viendo ya ocurrió; simplemente lo olvidamos. Y lo olvidamos porque durante unas décadas excepcionales el Estado de bienestar hizo del futuro una promesa creíble, aunque aprovechada con cuchara grande por algunos poderosos y sin escrúpulos. Cuando esa promesa se retira o la cuchara es gigantesca, vuelve lo de siempre.

Basta releer Los miserables. Victor Hugo la publicó en 1862, desde su exilio, pero la historia ocurre entre 1815 y 1832, en una Francia que cambiaba más rápido de lo que podía digerir: caía Napoleón, volvía la monarquía, los talleres reorganizaban el trabajo y París se llenaba de gente sin lugar. A Guizot se le atribuye el lema de la época: enriquézcanse. Unos pocos lo lograron; los demás poblaron las buhardillas donde Hugo encontró a sus personajes. Jean Valjean, protagonista, que pasa diecinueve años en la cárcel por una condena que empezó con el robo de un pan. En junio de 1832, tras el funeral de un general muerto de cólera, un grupo de estudiantes y obreros levanta una barricada. Pierden. La novela no promete que la protesta triunfe; explica por qué estalla. En el prefacio Hugo lo dijo: mientras existan «la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por la noche», libros como ese no serán inútiles.

Lo que olvidamos es que el siglo XX corrigió aquello solo por un tiempo. Thomas Piketty mostró que la desigualdad del siglo XIX tiende a reaparecer cuando la riqueza acumulada rinde más de lo que crece la economía, y que fueron las guerras, los impuestos progresivos, la educación pública y la seguridad social los que la contuvieron durante unas décadas. En esas décadas los hijos podían esperar vivir mejor que sus padres. Desde los años ochenta la riqueza vuelve a concentrarse, la herencia pesa más que el trabajo y el cambio tecnológico -antes la máquina de vapor, hoy las plataformas y la inteligencia artificial- reordena los oficios más rápido de lo que se adaptan las instituciones. Hugo reconocería el paisaje.

El País lo resumió hace poco en un editorial titulado «El grito global de la generación Z». Reunió en una misma lista a Bangladés y la Bastilla, a Nueva Delhi y Madagascar, a la Puerta del Sol, Tirana y Belgrado. Los reclamos varían: corrupción, costo de la vivienda, educación, empleo precario, pero el diagnóstico es uno: para muchos de estos jóvenes el futuro dejó de ser una promesa y se volvió una amenaza. El editorial añade algo que conviene subrayar: es la generación más educada y con más derechos de la historia, y eso no contradice la rebelión, la explica. Ya lo había advertido Tocqueville a mediados del siglo XIX: la Revolución francesa no estalló en el momento de mayor miseria, sino cuando décadas de mejoras chocaron contra un muro.

Ese muro tiene forma concreta. The New York Times publicó la semana pasada un recuento de las cosas que los padres podían pagar y los hijos ya no. Los economistas tienen razón en que, en promedio, los salarios reales son mayores y muchos bienes más baratos que hace cuarenta años. Pero lo que se encareció es justamente lo que permite construir una vida: la vivienda, la universidad, la salud y el cuidado de los hijos. Un televisor es barato; establecerse, no. En Estados Unidos la edad promedio de quien compra su primera casa ya llega a cuarenta años. El resultado es una generación que se independiza tarde y que pospone, o abandona, la idea de tener hijos. Cuando los jóvenes no pueden reproducir la vida en la que fueron criados, se rompe el contrato entre generaciones.

Costa Rica no aparece en esa lista, pero no hay motivo para la complacencia. Somos de los países más desiguales de la OCDE, nuestra fecundidad está entre las más bajas del continente y la escalera que durante setenta años permitió el ascenso social, la educación pública, está carcomida. El Informe Estado de la Educación habló de un apagón educativo, y no exageraba: cayó la inversión, retrocedimos en las pruebas internacionales, pandemia y huelga suspendieron las clases, se ensanchó la brecha entre colegios públicos y privados, y el financiamiento universitario se discute cada año como si fuera un lujo. La movilidad que tuvieron los abuelos ya no está al alcance de los nietos. Acá podría canalizar el malestar para formar un movimiento político -con fisuras, paradojas y contradicciones- con el objetivo de instaurar todo el programa neoliberal, pero sin decirlo.

¿Por qué no se corrige lo que todos conocen? Peter Sloterdijk dio una respuesta en 1983, en su Crítica de la razón cínica: vivimos en la época de la falsa conciencia ilustrada. El cínico moderno no ignora; sabe lo que hace y lo hace igual. Se sabe que recortar en educación hipoteca el futuro, que la vivienda inalcanzable posterga familias, que la concentración del ingreso erosiona la democracia. Y aun así se recorta y se concentra, con el gesto cansado de quien dice que no hay alternativa. Es Thénardier, codicioso personaje de los Miserables hoy con hoja de cálculo.

Frente a ese cinismo de arriba, Sloterdijk rescataba el de Diógenes: la insolencia de abajo, que responde al poder con burla y desplante en lugar de teoría. Es Gavroche cantando bajo las balas mientras recoge cartuchos. Es la bandera pirata de un manga japonés que jóvenes de Nepal, Indonesia o Madagascar adoptaron como emblema.

Creíamos que esta era una generación dormida, absorta en la pantalla. El ajuste que adelgaza el Estado de bienestar la está despertando, no por ideología sino por la estrechez de la faja: hacen las cuentas y no les salen. Daniel Cohn-Bendit, que de barricadas estudiantiles sabe bastante aprendido en 1968, lo dijo con sencillez: «hoy lo que piden es, simplemente, un futuro». No es una exigencia revolucionaria; es lo que el Estado de bienestar prometió. Nada más novedoso que lo olvidado. La pregunta es si esta vez encontrarán instituciones capaces de responder sin cinismo, antes de que su enojo lo capitalicen quienes ofrecen atajos radicales, o los que visten con ropa ajena y de repente podrían quedarse desnudos.

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Su autor, Miguel Gutiérrez Saxe, reconocido investigador y analista de larga trayectoria, aporta una voz experta, rigurosa y profundamente comprometida con el bien público.
La Revista CR, medio independiente dedicado a la opinión, la cultura y el análisis nacional, impulsa esta obra como parte de su misión de fortalecer el pensamiento crítico y promover una ciudadanía informada.

Miguel Gutiérrez Saxe

Por Miguel Gutiérrez Saxe

Miguel Gutiérrez Saxe. Economista de formación, fundador y director del Proyecto Estado de Nación por más de 20 años y actual colaborador. Partidario del poder suave.